Pues ni hablar, a caminar. Primero seguimos el camino de terracería, como si fueramos carros. Al poco tiempo Walter, mucho más experto que yo en eso de andar a pie por veredas y caminos (en eso y en mil cosas más), opinó que era mejor seguir el Camino Real, esas veredas que la gente de comunidades sabe siempre trazar como el camino más corto (es un decir) a su destino. A media montaña (la verdad, se trataba de un cerro grandote, pero montaña suena mejor) sentí como mi corazón se me quería salir. "Es la emoción de llegar a lugares nuevos", decía Walter. Yo decía "amenaza de infarto". No es que esté viejo, pero eso de correr todas las días en la toyota no es precisamente saludable. Así que, tomamos un descanso. Ya cuando el corazón se acomodó en su lugar nuevamente, reanudamos la marcha. Por el camino encontramos un octogenario que muy quitado de la pena, como quien va a la tienda de la esquina por el refresco, venía bajando con rumbo a San Agustín. Claro, de bajada quién no. Saludamos y conversamos un momento. Que noble es la gente de la sierra. Bueno, pues con el pensamiento "Si el puede, yo por que no", reanudamos nuestra marcha a las alturas del Himalaya totonaca. Por fín, después de 2 horas, 15 minutos, llegamos a nuestro destino. Creo que rompimos un record, porque todos en la comunidad se sorprendieron del tiempo. (El promedio es sólo una hora y cuarto). Walter estaba muy emocionado, y ya estaba reclamando esas tierras para la República de Argentina y diciendo que le llamaría "Walterlandia". Pero después de un rato de reposo, recobró la razón. La verdad es que un lugar hermoso. Valió la pena el esfuerzo, la sudada y la desmañanada. Una vista impresionante por ambos lados del cerro. Al frente, mas bien hasta allá abajo San Agustín, la nueva autopista que un día muy lejano llegará al puerto de Túxpam, Veracruz desde la capital del imperio mexica (Hace 16 años que la están construyendo, y no me extrañaría que pasaran otros 16 años antes de que la terminen). Un paisaje de postal, semejante a los mejores lugares del mundo. Por el otro lado del cerro, el cañón de San Marcos (que religiosos). La verdad, sí "está cañón". "Que bueno que no subimos por este lado, Walter", dije. "Sólo a rapel", dijo él. "Pero la bajada sería más fácil", dije yo. "Sí, en caída libre", dice Walter. Ante nosotros se abría un verdadero precipicio, al fondo un río, y a los lejos dos cerros igual de grandes. Alcanzas a ver poblaciones tan lejanas como Tlacuilotepec, cerca de Pahuatlán. Fantástico.
Bueno, pero lo más importante del viaje fue visitar a nuestro amigo Pablo y sus tres colaboradores. Están trabajando en la traducción del libro de los libros, el libro de Dios, la Biblia, a la lengua totonaca de esa región, que es ligeramente diferente al totonaco hablado en otras regiones. Ha sido un proceso lento, pero ahora se están viendo los frutos. Ya van a la mitad del Evangelio de San Lucas y cada vez avanzan más rápido. ¡Animo!
Pablo es americano (mejor dicho, gringo, pues americanos también somos nosotros) y tienes varios años viviendo junto con su esposa e hijas entre los totonacas. Aprendió a hablar como ellos, y ahora él les enseña a escribir y leer su propia lengua. Vaya, que paradojas de la vida.
Regresamos animados, y la bajada no fué tan fácil como pensábamos. Temblaban las corvas. Pero llegamos.
Bueno, este es un pequeño relato que podría titularse: Diarios de Motocicleta. Pero hay dos cosas que no me cuadran para ponerle ese título. Primero, no hubo motocicleta, y que bueno, porque con motocicleta no hubiéramos llegado vivos. Segundo, el argentino (o sea, el "che") es Walter por nacimiento, entonces a mí me toca el papel del amigo panzón de Ernesto, Alberto Granados. Ni lo sueñen. Por eso, el mejor título que encontré fue Diarios de Chancleta.
1 comentario:
me gusto mucho su historia!!!
funny!!!!
ahora le faltan los diarios del bochito blanco!!!
Bendiciones
le falló un milímetro su ortografía jeje
Bendiciones
y visite mi blog
:)
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