lunes, 30 de noviembre de 2009

Diarios de un VW sedán blanco II

A los 2 meses de haber comprado mi carrito, salimos con rumbo a Cd. Juárez, Chihuahua, mi amigo Ernesto y yo. Fué mi prueba de fuego como aprendiz de chofer. Claro, con un viaje como ese, iba directito a ser contratado como chofer de omnibus. ¿Pesado el viaje? Es pesadísimo, pero cuando llevas la emoción de viajar, de conocer, de explorar, de manejar cuado eres principiante, pues no se siente el cansancio ni el tedio. En autobús, en ese tiempo, te hacías 36 horas. Bueno, llegabas "sin rayita". No era mi primera vez en Cd. Juárez. Cuando tenía 16 años fuí, a invitación de otro amigo, Rodrigo, que resulto ser hermano de Ernesto (eso lo sabría tiempo después), a Paso del Norte (así se llamaba antes). Pero en aquella ocasión ni soñar en carro. Fuí a México, DF en autobús desde mi natal Poza Rica (y aunque pierda, ¡Poza Rica! ese era el grito de guerra cuando ibamos al parque de beisbol a ver jugar a los gloriosos y siempre perdedores "Petroleros"). Era Semana Santa. Ni un boleto para Cd. Juárez hasta Todos Santos. ¿Qué hacer? ¿Regresar derrotado a mi casa? Eso nunca. En eso me acorde del tren, ese que veía solo en las películas en blanco y negro. Por cierto, y aquí abro un espacio para elogiar un película mexicana llamada "Viento Negro" donde el ferrocarril juega un papel protagónico. Gigante. Bueno, pues me fuí a Buenavista, ahí donde estaba la estación central del ferrocarril mexicano. ¡Que viaje aquel! Tuve la fortuna de ganar (es literal, pues hubo que correr como cuando te persigue un perro) el último asiento del último bagón. Ahí estaba yo, sonriente y listo para viajar al Norte, a la tierra de Pancho Villa, a la ciudad de Juan Gabriel (también es macho). ¡Inocente, pobre amigo! Fueron 48 horas de viaje. Anocheció, amaneció, paso todo el día, volvió a anochecer, volvió a amanecer, paso otro día, volvió a anochecer, y volvió a amanecer, y por fín llegamos a nuestro destino final. Bueno, tal parece que era el destino final del maquinista, el garrotero y yo. Porque en el camino el tren se vació y se volvió a llenar hasta cuatro veces. Cuando iba saliendo de una estación y empezaba a agarrar velocidad (es un decir), y el cabús apenas estaba saliendo de la estación anterior, la maquina ya estaba entrando a la siguiente estación. Pero vaya que era un recorrido fantástico: Queretaro, Guanajuato, Celaya, San Luís Potosí, Aguascalientes, Sombrerete, Jerez, Zacatecas, Gómez Palacio-Torreón, Parral, Chihuahua, Delicias, Cd. Juárez. Y en cada estación podías comer cosas diferentes que los vendedores ambulantes te ofrecían. No importaba la hora ni el frío, ahí siempre podías comer algo con un poco de dinero. Un tren viejo, sí, como los de la revolución, baños repugnantes, sí, como los de cualquier gasolinera o escuela pública, con calor agobiante y con entrada de aire frio y de agua de lluvia, sí, incomodos los asientos, sí, gente de muy baja condición económica (el pasaje era la mitad que el costo del boleto de autobús), sí, apestaba a rayos, sí, llevaban gallinas y guajolotes, sí, iba gente parada, sí, se subía una viejita como de cien años y se paraba junto a tí, sí, y le dabas el asiento, sí, y muchas incomodidades más, sí, pero ¡que aventura!. En comparación, que aburrido resulta un viaje en el mejor tren europeo o estadounidense. Cuanta nostalgia por el tren de pasajeros. Ya no hay en México. Sólo el Chepe. Qué pérdida tan grande. Ojalá pronto regrese. Si te gustan los trenes, si quieres saber por que ya no tenemos trenes nacionales, no dejes de leer "El tren pasa primero" de Elena Poniatowska. Al fín llegué a Cd. Juárez. Continuará...

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