martes, 24 de noviembre de 2009

Diarios de chancleta.

Después de muchas invitaciones de un amigo, por fín me decidí a visitarle. El se encuentra trabajando en una comunidad de habla totonaca en la sierra norte de Puebla, llamada Ozomatlán-Tepetzintla. No lo pensé mucho (mas bien, no lo pensé) y me decidí. Dí mi palabra. Le dije: "Pablo, mañana te veo por allá" (más bien, debí haber dicho: "en el más allá"). Resulta que ahora que tengo más de 40 me ha dado por hacer aquellas cosas que hice con mucha pasión antes de cumplir los 20. Estoicamente me levanté a las 6 am y las 7 am estaba listo (es un decir) para mi primer viaje misionero del siglo XXI. Pero como en todo viaje memorable se necesita un compañero (si no, pregúntenle a Pablo, el de la Biblia), ahí estaba el buen Walter más puesto que un calcetín. Bueno, mochila al hombro salimos con rumbo a la montaña. Llegamos a Xico en la comoda Toyota, después tomamos un microbús a San Agustín. Hasta aquí todo eran sonrisas, pues en Xico habíamos almorzado una ricas gorditas mixtas (rojas y verdes) en los portales. "Barriga llena, corazón contento". Al bajar del micro preguntamos al chofer como llegar a Tepetzintla. Nos miró como a dos marcianos perdidos, y señaló hacia la punta de la montaña. "Pasu mecha, Walter", dije, "¿hasta allá tenemos que llegar?". Demasiado tarde para arrepentirse, el micro con chofer y chalán huyeron velozmente, y me sentí como la tripulación de Cortés cuando éste loco quemó las naves (bastaba con que les ponchara las llantas) en que llegaron desde La Habana vieja, que en ese tiempo no era tan vieja.

Pues ni hablar, a caminar. Primero seguimos el camino de terracería, como si fueramos carros. Al poco tiempo Walter, mucho más experto que yo en eso de andar a pie por veredas y caminos (en eso y en mil cosas más), opinó que era mejor seguir el Camino Real, esas veredas que la gente de comunidades sabe siempre trazar como el camino más corto (es un decir) a su destino. A media montaña (la verdad, se trataba de un cerro grandote, pero montaña suena mejor) sentí como mi corazón se me quería salir. "Es la emoción de llegar a lugares nuevos", decía Walter. Yo decía "amenaza de infarto". No es que esté viejo, pero eso de correr todas las días en la toyota no es precisamente saludable. Así que, tomamos un descanso. Ya cuando el corazón se acomodó en su lugar nuevamente, reanudamos la marcha. Por el camino encontramos un octogenario que muy quitado de la pena, como quien va a la tienda de la esquina por el refresco, venía bajando con rumbo a San Agustín. Claro, de bajada quién no. Saludamos y conversamos un momento. Que noble es la gente de la sierra. Bueno, pues con el pensamiento "Si el puede, yo por que no", reanudamos nuestra marcha a las alturas del Himalaya totonaca. Por fín, después de 2 horas, 15 minutos, llegamos a nuestro destino. Creo que rompimos un record, porque todos en la comunidad se sorprendieron del tiempo. (El promedio es sólo una hora y cuarto). Walter estaba muy emocionado, y ya estaba reclamando esas tierras para la República de Argentina y diciendo que le llamaría "Walterlandia". Pero después de un rato de reposo, recobró la razón. La verdad es que un lugar hermoso. Valió la pena el esfuerzo, la sudada y la desmañanada. Una vista impresionante por ambos lados del cerro. Al frente, mas bien hasta allá abajo San Agustín, la nueva autopista que un día muy lejano llegará al puerto de Túxpam, Veracruz desde la capital del imperio mexica (Hace 16 años que la están construyendo, y no me extrañaría que pasaran otros 16 años antes de que la terminen). Un paisaje de postal, semejante a los mejores lugares del mundo. Por el otro lado del cerro, el cañón de San Marcos (que religiosos). La verdad, sí "está cañón". "Que bueno que no subimos por este lado, Walter", dije. "Sólo a rapel", dijo él. "Pero la bajada sería más fácil", dije yo. "Sí, en caída libre", dice Walter. Ante nosotros se abría un verdadero precipicio, al fondo un río, y a los lejos dos cerros igual de grandes. Alcanzas a ver poblaciones tan lejanas como Tlacuilotepec, cerca de Pahuatlán. Fantástico.

Bueno, pero lo más importante del viaje fue visitar a nuestro amigo Pablo y sus tres colaboradores. Están trabajando en la traducción del libro de los libros, el libro de Dios, la Biblia, a la lengua totonaca de esa región, que es ligeramente diferente al totonaco hablado en otras regiones. Ha sido un proceso lento, pero ahora se están viendo los frutos. Ya van a la mitad del Evangelio de San Lucas y cada vez avanzan más rápido. ¡Animo!

Pablo es americano (mejor dicho, gringo, pues americanos también somos nosotros) y tienes varios años viviendo junto con su esposa e hijas entre los totonacas. Aprendió a hablar como ellos, y ahora él les enseña a escribir y leer su propia lengua. Vaya, que paradojas de la vida.

Regresamos animados, y la bajada no fué tan fácil como pensábamos. Temblaban las corvas. Pero llegamos.

Bueno, este es un pequeño relato que podría titularse: Diarios de Motocicleta. Pero hay dos cosas que no me cuadran para ponerle ese título. Primero, no hubo motocicleta, y que bueno, porque con motocicleta no hubiéramos llegado vivos. Segundo, el argentino (o sea, el "che") es Walter por nacimiento, entonces a mí me toca el papel del amigo panzón de Ernesto, Alberto Granados. Ni lo sueñen. Por eso, el mejor título que encontré fue Diarios de Chancleta.

martes, 17 de noviembre de 2009

El Misterioso Mr. Brown de Agatha Christie.

La búsqueda de unos comprometedores documentos secretos, suscritos durante la Primera Guerra Mundial y perdidos en el naufragio del Lusitania, da lugar a una lucha sin cuartel entre los servicios secretos británicos y una banda internacional que quiere utilizar los documentos como instrumento de la propaganda bolchevique. Pero en la vorágine de la guerra de espías aparecen dos jóvenes, Tommy y Tuppence, dispuestos a jugarse la vida para desvelar la identidad del líder de la banda, el misterioso Mr. Brown.

Editorial: Planeta

El Club de los Negocios Raros de G.K. Chesterton

El club de los negocios raros está compuesto por seis narraciones que ejemplifican todos los méritos que hicieron destacar la figura de Chesterton, y todas ellas giran alrededor de un pintoresco club, para pertenecer al cual es necesario haber inventado una profesión o industria absolutamente nueva. Sobre esta base aparentemente trivial, Chesterton combina el misterio con la paradoja y el humor, y consigue mantener al lector en estado de "suspensión" permanente, haciéndole caminar de sorpresa en sorpresa por los senderos de sus ingeniosas tramas e invenciones. Chesterton, que tuvo el buen gusto de prodigarse en el relato, debería figurar como miembro de honor de su incomparable club, por haber inventado la rara industria de complacer al lector.

Editorial: El Club Diógenes. Valdemar.

sábado, 14 de noviembre de 2009

El tren pasa primero de Elena Poniatowska.

En esta novela Elena Poniatowska narra la historia de Tinidad Pineda Chiñas, un hombre nacido en un pequeño pueblo del sur del país, que un día ve pasar un tren frente a sus ojos... Al sentir el vaivén de la locomotora, el protagonista logra entender su indomable ansia por saber y llegar más allá de sus límites. Desde ese arrebatador momento, el tren lo lleva a lugares nunca imaginados, le brinda conocimientos incontables y lo pone en contacto con oficios, personas y posibilidades insospechadas. Así, llega al momento crucial de su vida, cuando habla a sus compañeros con tanto ardor convicción que los ferrocarrileros se convierten en vanguardia de la lucha de la clase trabajadora, ponen en jaque al régimen corrupto y sacuden a todo México.

Esta es considerada la novela fundamental sobre el movimiento ferrocarrilero mexicano.

Editorial: Punto de Lectura.

Elena Poniatowska nació en París y vive en México desde 1942. Periodista y escritora comprometida, a menudo ha puesto su pluma al servicio de las causas más justas. Ella es autora, entre otros, de La noche de Tlatelolco (1971).

La Casa Verde de Mario Vargas Llosa

La casa verde transcurre en dos lugares muy alejados entre sí: Piura, en el desierto del litoral peruano, y Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonia. Símbolo de la historia es la casa de placer que Don Anselmo, el forastero, erige en las afueras de Piura.

Novela ejemplar en la historia del boom latinoamericano, La casa verde es una experiencia ineludible para todo aquel que quiera conocer en profundidad la obra narrativa de Mario Vargas Llosa.

Editorial: Punto de Lectura

Infancia de J.M. Coetzee

Tiene diez años. Vive en Worcester, una pequeña localidad al norte de Ciudad del Cabo, con una madre a la que adora y detesta a la vez, un hermano menor y un padre por quien no siente respeto alguno. Lleva una doble vida: en el colegio es el alumno modelo, el primero de la clase; en casa, un pequeño déspota. Los secretos, los engaños y los miedos le atormentan; el amor por la granja familiar y por el veld, las desnudas mesetas sudafricanas, le arraigan a la tierra.

J.M. Coetzee vuelca todas sus dotes de narrador sobrio, mesurado y elegante en este relato lleno de fuerza, en el que evoca su infancia a comienzos de los años cincuenta; escenas de una vida de provincias donde la inocencia en su estado más puro y la violencia soterrada forman parte tanto de la propia historia como de la de Sudáfrica.

Editorial: Mondadori

Coetzee es un escritor sudafricano de fama mundial. Es considerado por algunos como el escritor de los escritores. Fue premiado en 2003 con el Premio Nobel de Literatura.

martes, 16 de junio de 2009

Estambul: ciudad y recuerdos

Libro de Orhan Pamuk.
Escritor turco nacido en Estambul en 1952.
Premio Nobel de Literatura 2006
Su mejor libro. Su mejor novela. Su mejor testimonio. Mucho mejor que todo lo demás que he leído de él.
Estambul es un retrato, en ocasiones panorámico y en otras íntimo y personal, de una de las ciudades más fascinantes de la Europa que mira a Asia. Pero es también una autobiografía, la del propio Orhan Pamuk. La historia da comienzo con el capítulo de su infancia, en la que Pamuk nos habla sobre su excéntrica familia y su vida en un polvoriento apartamento - "los apartamentos Pamuk", así los denomina - en el centro de la ciudad.
El autor recuerda que fue en aquellos días lejanos cuando tomó conciencia de que le había tocado vivir en un espacio plagado de melancolía: residente de un lugar en que arrastra un pasado glorioso y que intenta hacerse un hueca en la "modernidad". Viejos y hermosos edificios en ruinas, estatuas valiosas y mutantes, villas fantasmagóricas y callejuelas secretas donde, por encima de todo, destaca el terapéutico río Bósforo, que en la memoria del narrador es vida, salud y felicidad. Esta elegía sirve para que el autor introduzca a pintores, escritores y célebres asesinos, a través de cuyos ojos el narrador describe la ciudad. Hermoso retrato de una ciudad y una vida, ambas fascinantes por igual.